viernes, 15 de mayo de 2015

Trabajo individual de Tomás Villella


                                                                          

Pinzellades al món: Xafardejant la vida dels altres / Cotilleando la vida de los demás / Gossiping the lives of others


                                              Del Otro Lado

La mayoría de la gente cree que un detective deja de pensar, de sospechar, de pasar su tiempo queriendo saber qué, cómo y cuándo sucede algo al terminar su horario de trabajo. La mente de una persona de ese oficio siempre lleva consigo la intriga de saber todo lo que parezca fuera de lo normal o de algo que este sucediendo que crea inapropiado. 
   Un detective de esa clase era Michael, un hombre de 36 años de edad, con una inteligencia sagaz y muy productiva para su trabajo. Vivía en un edificio antiguo, en un barrio inseguro donde los crímenes eran algo habitual y al caminar por la vereda se podían apreciar muchos, sin presencia de autoridad para detenerlos. La cantidad de gente desaparecida y muchas veces muerta era innumerable, pero el sueldo que recibía un trabajador de ese tipo no era nada bueno en esa época. Le era imposible cambiarse a un lugar mejor para vivir por el mismo precio.  
   Al llegar el fin de semana Michael decidió descansar y no estresarse por unos días ya que estaba exhausto luego de su ultimo caso. Estaba en su departamento tomando un trago y mirando la televisión en puro estado de relajación hasta que unos ruidos provenientes de la habitación de al lado lo interrumpieron. Primero no le presto atención y continuó con su momento de paz hasta que el ruido se hizo mas fuerte. Luego paso a ser mas entendible y descifro que provenía  de una persona. En ese momento su mente se encendió como si estuviera computarizada y comenzó a sacar muchas hipótesis de lo que podía estar sucediendo ya que no eran sonidos normales. Se levanto silenciosamente de su sillón e intento escuchar con mas claridad acercándose a la pared.  Confirmo que se trataba  de una persona, pero que estaba sufriendo y resistiéndose a lo que sucedía. No se entendía muy claro lo que decía, pero su tono y su forma,  no dejaba tranquilo a nadie.El detective tomo de un solo trago lo poco que le quedaba de líquido en el vaso y lo apoyo entre la pared y su oído para intentar escuchar mas claro a través de él y así poda aclarar alguna de  sus teorías. 
   Su primera reacción fue llamar a la policía pero en cuanto lo  atendieron, cortó la llamada ya que quería investigar un poco mas lo que sea que estaba sucediendo en aquella habitación. Intento escuchar nuevamente con el vaso pero todo estaba mas calmado y el silencio había vuelto. Su intriga le ganó y salió sin pensar para terminar con sus dudas y allí se encontraba, en la entrada del departamento  del vecino. La puerta era de madera desgastada con el numero 95 pintado debajo de la mirilla. Estaba sudando tanto por la frente como por las manos, y su miedo estaba encendido completamente. Se arremango la camisa y golpeo muy confiado la madera pero nadie le respondió. Espero unos 10 minutos insistiendo a ratos pero sin ninguna respuesta. Su paciencia se terminaba y al cabo de unos minutos se notó, ya que intento entrar  por la fuerza pensando que algo  lo impediría. Para su sorpresa la puerta se abrió de par en par ya que no tenía ninguna traba puesta. Camino lentamente hacia adentro preguntando si había alguien pero al igual que cuando insistió en escuchar por el vaso, había un completo silencio. El lugar era idéntico al suyo pero sin muebles ni ventanas y con una silla recostada en el centro del ambiente. Se acerco a ella y la puerta a sus espaldas se cerro de golpe haciendo rechinar la bisagra y crujir la madera antigua. Su cuerpo quedo petrificado y al darse vuelta se encontró con algo inesperado, no había nadie. Ni su eficaz inteligencia podía explicarlo ya que no había como llegar hasta ahí sin ser visto por el, ni un  viento  que la empuje. Desesperado saco su celular y al intentar comunicarse se encontró sin señal. No sabia que hacer, reviso con temor las pocas puertas que había y busco alguna salida pero le resulto imposible. 
 Pasó días gritando por ayuda y buscando desesperadamente  cualquier escapatoria. Finalmente decidió intentar de romper la madera vieja  de la puerta principal usando toda su fuerza pero era irrompible, como si fuese de otro material y optó en darse por vencido. Pasaban los días y nadie aparecía ni lo escuchaba. Estos días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Se estaba muriendo de hambre su cuerpo ya no era el mismo, no tenia fuerzas para mantenerse de pie, pero nunca se rendía en dejar de gritar por ayuda. Recostado en el piso casi inconsciente y sin aliento miraba la puerta con sus ojos entrecerrados con la esperanza de que alguien aparezca. Con apenas unos suspiros de aire  y sin ninguna advertencia algo lo empezó a arrastrar del pie a la siguiente habitación. Apenas podía sentirlo y sus ojos casi segados vieron que la puerta principal comenzó a abrirse y una nueva victima puso su pie  en la sala principal. No llego a advertirle ya que un hombre lo estaba arrastrando y luego abr una parte del piso, como si fuera un sótano oculto y lo empujo allí sin piedad alguna. Luego, este hombre bajó lentamente cerrando la tapa y quedando en completa oscuridad. Prendió una lámpara y asesino silenciosamente sin motivo alguno a Michael  y esperando por su próxima victima. 

Trabajo Individual de Ayelen Leon Dieguez



EL ANHELO
Se llamaba Melina y tenía 91 años, vivía en un pequeño pueblo desconocido al lado de esa gran torre, donde en lo más alto existía una bella flor rosa. Todas las tardes, antes de que se ponga el sol, la anciana subía esos millones de escalones y la regaba, nadie entendía porque y con qué animo lo hacía, lo cierto es que allí se escondía un deseo. Muchos decían que la soledad la llevo a la locura y otros que la culpa por la muerte de su esposo, el jardinero, había aparecido. ¿Quién diría que esa pobre y delicada anciana podría haber causado la muerte de todos los niños en el pueblo?
Todo comenzó cuando ella tenía 23 años, una muchacha alta, flaca con una cara angelical, que estaba casada con un jardinero humilde. Eran una feliz pareja pero tenían un problema: no podían tener hijos. Para la muchacha no había nada más lindo que ser madre. Cinco años intentaron, nunca llegó y las peleas empezaron. Ella lo culpaba al hombre de aquel problema, lo maltrataba, insultaba, ya no lo quería. El no poder tener hijos la trastornó y cansada de tantos intentos y discusiones, una noche oscura Melina lo asesinó. No estaba ni horrorizada ni arrepentida, se sentía más tranquila como si se hubiese sacado un peso de encima. De repente inició una lluvia torrencial  y un rayo cayó en lo alto de la torre, el estruendo fue tan fuerte que la mujer asustada se acercó a la ventana y vio algo extraño que florecía en la cima. No le dio importancia y se fue a dormir.
A la mañana siguiente se había levantado algo alterada pues comenzó a acordarse de su sueño en el cual se veía a su esposo plantando una flor negra y recordó la aparición de algo extraño en la torre, entonces fue a investigar. Subió  escalón por escalón y cansada llegó, allí vivía la flor negra de su sueño. Estaba asombrada, nunca había visto un brote de ese color, símbolo de la tristeza, maldad y muerte. Volvió a su casa.
Pasaron tres años, los niños en aquel pueblo ya no existían, todos estaban muertos. Melina con tanta soledad junta no pudo evitar enloquecer y no creía justo que todos tengan hijos menos ella, así que una tarde busco los pocos chicos del pueblo, los llevó a su casa y los envenenó. Una vez muertas todas esas almas inocentes, los quemó, nadie vio tal crimen. Las familias estaban destrozadas, necesitaban justicia, investigaron y llegaron a la conclusión de que el culpable era un pobre viejo solitario que hace poco había comenzado a vivir allí y que era muy conocido porque en sus años de juventud  solía envenenar a los niños que se portaban mal.
Esa misma noche, Melina soñó con aquella flor negra que estaba siendo regada por su esposo y que con el tiempo veía nacer a un hijo, esa fue la segunda y última vez que se presentó el recuerdo  del jardinero pero eso no le causaba ninguna reacción.  Exaltada se despertó, creyó que si le daba vida a la flor podría cumplir su deseo, entonces empezó a mojar al capullo mágico. Pasaron sesenta años y la mujer ya anciana seguía con ese rito pero ya no era negra sino rosa, símbolo de la ausencia de maldad y del cariño hacia alguien, junto ese tallo de un verde extraordinario que representaba la esperanza de ser madre. A la tarde de regreso a su casa, cuando la flor se transformó, Melina murió.   

Trabajo individual de Noelia Begueri

      

                                                      No todo es lo que parece 

      Era mi hermana. Una chica sencilla: pelo largo castaño hasta la cintura, piel blanca casi como un fantasma, ojos  miel suaves pero a la vez intensos y una estatura mediana. Nuestra casa tenía dos pisos; en el primero, el living. Tenía apenas pocos muebles, un piso de madera vieja y paredes blancas. Luego por un pasillo accedías a la cocina y, a su derecha, al baño. Por una escalera negra ubicada a unos pocos centímetros del living pasabas al segundo piso donde estaba su habitación a unos metros de distancia que la mía, con la particularidad de que ella tenía la hermosa vista al mar a través de una ventana grande con cortinas violetas.
      A pesar de su sencillez, había en ella algo extraño. Todas las noches se encerraba en su cuarto y oía su voz hablar con alguien. A la mañana siguiente, mientras Amelia estaba en el colegio, encontraba la cama con su silueta mojada dibujada en las sabanas blancas. Pero no era una silueta cualquiera con una cabeza, dos brazos, un torso y dos piernas. No lograba identificar esa figura. Era confuso.  
      Una tarde de otoño decidí averiguar qué era lo que pasaba con ella.  Mi plan consistía en revisar sus cosas a la mañana del día consecutivo hasta hallar alguna pista de su comportamiento. Y así fue.  Cuando apenas la pequeña  se fue de casa para ir al colegio, subí  las escaleras hasta su cuarto. Comencé a revisarle todas las cosas: ropero, cajones, accesorios, cartas, todo lo que estaba a mi alrededor. Después de media hora de búsqueda, encontré dos cajas rectangulares no muy grandes debajo de su cama. Saqué ambas con cuidado y las coloqué sobre las sabanas. Las observé atentamente.  Eran de madera claro. En el centro tenían un aplique rosa tenue también rectangular, con unas palabras negras difíciles de descifrar.  Intenté abrirlas pero fue inútil: las dos estaban cerradas con llave.
      Al darme cuenta de la noción del tiempo, guardé todo en su lugar para que no se diera cuenta de que estuve ahí.  Bajé las escaleras rápidamente y me acomodé en el único sillón del living. Prendí la tele y esperé a que llegara.
      Unos minutos más tarde la puerta se abrió con su rostro.  Apenas me saludó, dejó sus cosas tiradas antes de preparase una tostada con mermelada y entró a bañarse, al igual que una chica común de 12 años.
      Esa misma noche al ver que las luces del cuarto de Amelia estaban apagadas, me levanté silenciosamente  y eché un vistazo al otro lado de su puerta por la cerradura.  Pude ver por el agujero muy pequeño que estaba arrodillada en la alfombra azul en el centro de la habitación. Hacía algo que no me quedaba claro. Entre sus manos sostenía dos caracoles blancos apoyados sobre sus orejas, como queriendo percibir algo. Muy concentrada decía cosas que no lograba escuchar bien.

      Al cabo de un rato, no podía creer lo que mis ojos estaban viendo: Amelia se acercó hacia la ventana y  muy decidida se tiró. Desesperada abrí la puerta y me asomé. El mar estaba igual de sereno que siempre, tranquilo como una noche igual que todas. Y ahí estaba, mi hermana nadando en él, con un aspecto extraño e inhumano a la vez: era una sirena.  











Trabajo Individual de Juliana Gramon Vidal



Vuelo nocturno
Esa noche no era como otras. Me encontraba volviendo del trabajo, caminando por las calles heladas y oscuras de la ciudad, con solo la luz de unos pocos faroles, escuchando solamente el sonido de mis propios pasos, cuando me doy cuenta que no era así el caso. Podía identificar que el sonido que hacía el zapato solamente lo podía hacer alguno con taco, y yo estaba usando zapatillas. Inmediatamente empecé a acelerar el paso y a buscar con la mirada para ver donde se encontraba, los pasos  se empezaron a escuchar más fuerte,  podía sentir que cada vez estaba más cerca. Pero algo me llamó la atención, un búho marrón voló frente a mí. Tan extrañada quedé que sin darme cuenta choqué contra algo. Fue tan brusco el golpe que perdí el equilibrio y caí, la cabeza me daba vueltas, pero igual podía notar una sombra que se había volteado para ver que le había golpeado. Cuando comencé a entrar en razón pude notar que llevaba botas de montar, al momento que descubrí eso levanté la cabeza y le miré a los ojos. Era un hombre. Lo más raro de todo era lo que usaba, parecía sacado de un cuadro del siglo XIX, con su chaleco negro, el saco largo hasta las rodillas y su galera que combinaba perfectamente con el pañuelo que rodeaba su cuello, aunque lo que más me llamaba la atención eran sus grandes ojos verdes que mostraban tanta calidez y cariño. Inmediatamente el hombre al ver que me encontraba en el piso me ayudo a levantarme.
-¿Estás bien? Tenes que ver bien por dónde caminas, podría haber sido peor.
Esta generación. –dijo el hombre murmurando.
-Sí, gracias, estoy bien. Perdón por haberle golpeado así, es que me desconcentre con el búho que se fue para allá –contesté señalando para dónde se había ido el ave. Pero este ya no se encontraba en ninguna parte.
-¿Búhos, en la ciudad? Creo que te lo has imaginado.
-¡No! Lo juro, pasó volando delante de mí y por eso choqué contra usted.
Pero no importa, lo siento otra vez. –me disculpé saludándolo con la mano.
-Adiós, tenga cuidado al caminar. Nos veremos.
Después del accidental encuentro continué caminando hacia mi casa, pero no podía olvidar al hombre, con ropa tan extraña, mientras pensaba esto mire de reojo hacia atrás, pero este ya no se encontraba allí. Al darme cuenta de esto di media vuelta y comprobé que ya no había rastros del hombre.
Al día siguiente me encontraba en la oficina hablando con una compañera sobre lo sucedido.
-Suena un poco irreal lo que me decís, ¿búhos? ¿Hombres vestidos como en el siglo XIX?
-¡Pero es verdad!
Con estas últimas palabras ella respondió con una mueca y se fue. Tendría razón, pensé, estaba muy cansada, habíamos trabajado muy duro ese día, cuando puse la cabeza en la almohada mis ojos se cerraron inmediatamente.
Sin embargo esa noche volví a salir tarde del trabajo, caminé por el mismo recorrido y una vez más se encontraba el búho de la noche anterior volando, lo único diferente que tenía esta vez era que no estaba solo, tan solo unos segundo después apareció otro búho. Los 2 se apoyaron en el primer banco que encontraron, esta vez decidí observarlos con más atención, me aseguraría de que eran reales. Cuando me senté junto a ellos, estos se encontraban acurrucados, hasta que el que se apareció esa noche se acercó a mí y me miro fijo, pude notar que era muy diferente, era blanco con solo una mancha negra en el pecho y unos ojos verdes que me miraban de una forma que sentía que ya los conocía. Después de un rato este se fue volando y me quede sola con el marrón de la primera noche.
-¿Así que vos y el otro búho son pareja?
-¿Ahora hablas con búhos? –preguntó una voz detrás de mí. Cuando me di vuelta vi que era el hombre de la noche anterior.
-Eso pareciera ¿no? –contesté riendo.
-Bueno las dejos solas.
Luego de que se despidió, el búho marrón ululó y emprendió vuelo. Voló hacia donde se encontraba el hombre y este la recibió con su mano, dejándola que se apoyase en su muñeca y siguió caminando con el búho bien juntitos hasta que los perdí de vista.
-La descripción que haces del hombre y los búhos me suena. A ver. –dijo
Fernando, mi amigo de la infancia, mientras se fijaba algo en la computadora-
Tenía razón, mira, es como en la leyenda, se trata de una mujer que tenía una fascinación por los búhos, todas las noches salía de paseo con su esposo para admirar la majestuosidad de estas criaturas. Pero un día la mujer cayo muy enferma y después de poco tiempo murió. Entonces su esposo destrozado por lo ocurrido, prometió que el día que el falleciera los dos reencarnarían en dos búhos y continuarían su caminata nocturna juntos para siempre. Y todavía se dice que durante las noches hay dos búhos que siempre vuelan juntos por el mismo sendero.

Cuento de: Juliana Gramon Vidal.
Cuadro de: Daniel Merriam.

TRABAJO INDIVIDUAL DE CYNTHIA MENDEZ

Elegi la imagen de Maggie Taylor,Mood Lifter


mood lifter, maggie taylor



El poder de la mente
Margaret tenía 14 años, cuando fue diagnosticada con esquizofrenia, pero lucho contra este trastorno desde que tenía uso de memoria. Inmediatamente tras este diagnóstico fue puesta en tratamiento, en el cual le daban pastillas, que la ayudaron a mejorar y con el tiempo adquirió una vida normal.
Tres años después:
Era un frio día de invierno en Inglaterra, y todas las carreteras estaban cubiertas de hielo; cuando Margaret decidió hacer un viaje con su madre Marta, luego de varias horas decidieron turnarse para manejar. Margaret estaba al volante mientras su madre dormía plácidamente al lado de ella. Cada vez el camino estaba más difícil, no había parado de nevar, pero decidieron seguir, para llegar más rápido. Sonaba una tranquilizadora canción en la radio y los vidrios del auto se estaban empañando por el calor humano, Margaret solo disfrutaba ese momento de paz y decidió cerrar los ojos para recordar bien ese momento. Lo que ella no sabía, es que ese momento iba a convertirse en uno de los peores momentos de su vida, cuando un camión se descarrila enfrente de su auto, haciendo que pierda el control y se produzca un impacto. Margaret apenas llego a abrir los ojos luego de su momento de paz, y lo que vio la destruyo por completo, su madre yacía muerta a su lado con la cabeza ensangrentada y pequeñas partículas del vidrio delantero en su cabello. En ese momento Margaret se desmaya y se despierta días después en el hospital con unas pocas lesiones insignificantes, cuando le dan la triste noticia que su madre había fallecido, pero ella ya lo supo desde un principio, y saber que ella había sido la culpable le causaba una opresión en el pecho que apenas la dejaba respirar. Luego de unos días en observación, estaba fuera de peligro y recibió el alta médica. Decidió volver a su ciudad en la que la esperaba una casa vacía triste y solitaria. Pasaban los días y Margaret no salía de la casa, no comía, no dormía y no hacia el mínimo esfuerzo para moverse. Eran las cuatro de la mañana cuando un día en el que estaba pensando empezó a escuchar voces, con los días se intensificaban al igual que las alucinaciones, sus píldoras ya no le hacían efecto, sin embargo ella no aceptaba la idea de una desmejora de la enfermedad. Luego de dos semanas exactas sin ver la luz del sol decidió dar un paseo, para calmar las voces en su cabeza. Estaba en el parque a dos cuadras de su hogar, cuando sienten que la empiezan a seguir, al principio pensó que estaba exagerando, pero conforme avanzaba sentía los pasos cada vez más cerca, pero cuando se daba vuelta no veía a nadie, los días pasaban y sus síntomas empeoraban ,pero ella ya no tenía la fuerza suficiente para tomar píldoras que no mejoraban sus síntomas, ahora por las noches ella cubría con cortinas todas las ventanas, cerraba con llave y ponía cadenas en todas  las puertas y dormía con un arma en la cabecera de su cama, ya que sentía que la observaban constantemente. Era una tarde tranquila, Margaret estaba sentada en su cama, cuando escucha que intentan abrir la puerta principal ,está asustada coge el arma y se esconde, cuando siente que la puerta principal se abre, desesperada corre al baño con el arma en la mano y  cierra la puerta con la cadena ,aguarda sentada con su arma tapándose su boca con la mano para evitar hacer cualquier ruido, se le hacia difícil respirar y sentía la gotas de sudor deslizándose por su frente; habían pasado aproximadamente veinte minutos, cuando oye a alguien intentando entrar al pequeño baño, se escucha la puerta golpeando con la cadena ,solo queda romper la cadena para  entrar al cuarto de baño…

Cuando se escucha un ruido ensordecedor  Margaret yacía muerta en el frio piso del baño por un tiro en la cien El tiempo paro por unos segundos y todo seguía igual, la puerta principal con el pestillo y  el seguro puesto, las cortinas en cada ventana y más importante, la puerta del baño cerrada con cadena.

Trabajo Individual de Germán Lecherbauer

Elegí la Imagen: "Klaas Portfolio Print"


Klaas Portfolio Print

                                                     

                                  El día de mi muerte. 

                                   

 Él sabía que deparaba de mi destino… me miró con esos ojos café profundos que aterraban a cualquiera. Tomó mi mano, y depositó en ella un papel cerrado, me dio dos palmaditas y echo a volar.
Un terrible abismo corría por mis venas y llegaba a la boca de mi estómago dándome nauseas. Siempre fui un tipo pesimista, pero esta vez lo que se acercaba si era terrorífico. Guardé aquella carta de forma cobarde en el bolsillo de mi camisa.
Fui hasta la cocina, abrí el armario, saqué una copa y la llene del vino tinto más caro del pueblo.
Me senté en la mesa y dejé caer mi cabeza en una de mis manos. Las lágrimas comenzaban a caer algunas en mi bebida y otras se impregnaban en la mesa de algarrobo. Me prendí un cigarro.
Aun no entiendo como tanto humo me generó placer, como el sabor del tabaco se absorbía en los labios de mi boca, era algo hermoso.
Con mis manos aun temblando de adrenalina me decidí finalmente a saber que decía aquella carta. Lentamente saqué el papel de mi bolsillo y fui desplegando sus partes.
Su textura era tan vieja que por poco se deshacía en mis manos, las letras a simple vista se veían borrosas, casi intangibles. Tenía la fecha de hoy y abajo la firma del autor.
En dos simples renglones se definía mi destino, con palabras tan sencillas que asustaban como combinaban tan bien al sonar juntas. Esa misma noche moriría. No explicaba más que eso, no decía ni el motivo ni el por qué, Feliur sabía que si conocía el lecho de mi muerte la evitaría y no era la idea.
Siempre mi abuela me dijo que Feliur era un aura sabio, que solo se lo veía el día de nuestra muerte. Él se encargaba de escribir el destino de todos, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Y cuando él quisiera nos hacía morir.
Y Ese día había llegado, golpeó la puerta de mi casa y con una sonrisa de oreja a oreja se auto invitó a pasar. Vestía de civil, creí que era uno de esos que vienen a venderte un tiempo compartido, pero no. Se sentó en mi sillón preferido de terciopelo y me pidió una taza de café.
Había algo que me hipnotizaba en su mirada, por eso no me detuve a pensar de quien se trataba y fui a servirle una taza caliente. Cuando regresé al salón, su rostro había cambiado por completo, estaba serio y con una mirada más oscura, tan oscura que ni siquiera se reflejaba en sus pupilas mi imagen. Me senté frente a él y le acerqué su bebida, no dejo que terminara de dársela que agarró mi mano con fuerza y depositó en ella un papel. Tomó su abrigo y se marchó levitando.
Ahí caí en la cuenta de que algo marchaba mal, sabía de quien se trataba y no era nada bueno.
Tenía quizá menos de tres horas, era como un veneno inmediato. Así que estas serían mis últimas palabras las cuales quise dejar  plasmadas en un papel.
Preparé una tina bien caliente, eche un par de aceites de esos artesanales que te regalan en un combo, en las navidades y me sumergí en las aguas tranquilas mas profundas, esperando.                                    

Trabajo individual de Sofía Luna

  Elegí la imagen: "Echoes" de Christian Edler                                   
       

                                  "Silencio por favor" 
 


 Con las manos en las orejas y los ojos bien cerrados, Andrew intentaba que las voces presentes se callaran.
 -¡Silencio por favor!- Exclamó en voz alta, observó un segundo el pequeño cuadro familiar que colgado se encontraba en la pared,  movió la cabeza exasperado, y salió de aquella habitación oscura. Recorrió los pasillos estrechos e iluminados por la escasa luz que ingresaba por las ventanas, se dirigió a la entrada y a pasos rápidos se alejó de su casa en busca de paz.
  Impaciente tarareo una canción como si eso solucionara su problema, se sentó en el cordón de la vereda y tomó aire una, y otra vez, cerró los ojos. Las pequeñas voces, molestas y chillonas continuaban hablándole, pero una de ellas se destacaba de las otras. Al escucharla, su corazón se aceleraba, se sentía nervioso, lo aterraba; no la podía soportar.  
  -¿Qué debo hacer para que me dejen solo?-  Susurro débilmente mientras su cabeza descansaba en sus piernas en busca de protección.  No hubo respuesta alguna, pero él la sabía.
 Luego de algunos minutos, se levantó cuidadosamente, miró hacia los lados, y nuevamente comenzó su camino. Cada movimiento que realizaba se sentía decaído. 
 Con la mirada baja y a pasos lentos y cortos, se introdujo en la ciudad. Lo chocaban a medida que cada persona pasaba, se sentía un estorbo y las voces nuevamente tomaron rienda en su mente. Esta vez, eran más fuertes, hablaban en mormullo, casi no se entendía, la mente de Andrew se encontraba sofocada al igual que él, y no importaba que le dijeran, estaba a punto de estallar. 
  Al llegar a un parque, nuevamente se sentó a pensar, pensar en aquellas situaciones, y problemas que no se atrevía a afrontar, a pensar en todo aquello que lo abrumaba y que no le permitía seguir adelante, cada pequeño problema, una nueva voz en su cabeza que le recordaba su fracaso inminente.  Su conciencia lo estaba matando lentamente.  

  Días más tarde, Andrew se atrevió a ignorar a las voces, éstas le hablaban, pero él fingía que todo iba bien en su mente, aquella voz que lo perturbaba continuamente, la que le provocaba un escalofríos en su cuerpo no se presentó ni para decirle la más mínima cosa, se sintió aliviado.
 Las semanas comenzaron a pasar, y las voces se habían ido o al menos eso creía. 
 El 15 de Julio llegó, ese mismo día, años atrás su vida había cambiado.
En el trabajo, con un gran de dolor de cabeza, y recuerdos que invadían su mente hasta paralizarlo se vio obligado a marcharse antes de lo debido.  Al salir, se encontró con una ruidosa construcción en frente de la puerta de su trabajo.  Andrew tocó sus sienes tratando de calmar el dolor, sostuvo firmemente su maletín y se marchó de aquel lugar. La gran ciudad, tan alborotada, con las bocinas de los autos, la gente parloteando, caminando velozmente, y el ruido de los taladros aumentaban su jaqueca. Respiró profundamente, y oyó unas pequeñas voces. Miró hacia el cielo, se encontraba gris, la lluvia se acercaba de a poco. –Increíble- Habló consigo mismo, algo sarcástico. Camino algunas cuadras y en pocos segundos, la lluvia dio su aparición. Empapado y algo molesto decidió buscar un refugio. Con la camisa mojada, llegó hasta un pequeño techo que lo alejaba de las gotas, su día iba de mal en peor. 
 Las voces comenzaron a molestarlo, de a poco y en susurro se turnaban para reclamarle atención, recordándole los problemas que jamás resolvió. Silenció a cada una de ellas.
-Disculpe señor, ¿se encuentra bien?- Preguntó una voz familiar, aquella voz que tanto aterro le daba, miró hacia donde provenía, una chica de una tez clara, de ojos celestes, cabello oscuro y con una sonrisa lo observaba atenta. Andrew se puso pálido al verla, su rostro le era familiar, le recordaba a una persona, su hermana quien había fallecido años atrás a causa de un choque automovilístico en el donde él manejaba, justo un 15 de Julio. Siempre asumió la culpa de su muerte, sin embargo no era así.
 -¿Por qué tiene que suceder todo esto en este día?- Pensó perturbado. Asustado, comenzó a correr pero esta vez, no le importó la lluvia. Se alejó de aquella muchacha lo más rápido que pudo, su voz sonaba en su conciencia e imágenes de ese día aparecían.
-¡SILENCIO!- grito con todas sus fuerzas, chocó contra un árbol el cual no notó, calló con un golpe seco hacia el suelo y su cabeza explotó.