domingo, 12 de julio de 2015

Renacer en septiembre



Mirando al horizonte bajaba apresurado por la colina, las piernas se movían sin cesar sin que él lo ordenara. El tambor de su pecho batía con vértigo enloquecido, las pulsaciones se aceleraban sin pausa, cada vez estaba más y más cerca. La emoción y una alegría salvaje inundaban su cuerpo de un calor abrasador que lo protegía del frío del fin del invierno. Pero su mente estaba clara, tranquila, fija en su niñez como en una fotografía de álbum. Su madre calentaba la casa con un horno de barro construido por su padre, mientras éste lo entretenía con leyendas de su pueblo, y ambos, sin mirar limpiaban la fruta para llevar mañana al mercado. La carrera hacia el pasado seguía raudamente. Nada lo podía detener, ni siquiera el fuerte e incesante viento que chocaba ferozmente con su recio cuerpo que se encontraba herido después de la guerra.

Mientras se precipitaba hacia el hogar, el paisaje desolado, los prados descuidados, creaban la engañosa sensación de que volvía en pleno invierno cuando todos se resguardan en sus casas.

Luego de la intensa corrida, llegó a destino. El panorama era desolador, la suciedad, el polvo y el hollín plagaban el aire que se tornaba irrespirable, las calles estaban vacías, sólo había ruinas de lo que alguna vez fueron casas.

Cuando las lágrimas dejaron de caer sobre su rostro abatido y desfigurado pudo mirar más lejos, más allá de las tristes ruinas del ahora.
Su padre en su lecho de muerte, cansado, empequeñecido, pero digno, indomable y confiado como siempre. Su padre mientras agarraba una pera y decía: “Cuando pierdes todo lo que conseguiste, solo te queda volver a empezar”.

Siguió caminando entre los escombros pero su paso ya era otro, más enérgico y vivaz. Sacó una fruta, hambriento, la comió y ya todo parecía normal. Ya era momento de iniciar de vuelta. Dejó sin comer parte de la pulpa de la fruta, dejó caer las semillas y las enterró con la pulpa remanente. No faltarían árboles en el nuevo poblado en donde la vida comenzaría de nuevo.

Autores: Lucas Cambón, Julián Vecchione, y Leandro Corvalán Salguero.

Cuento con imágenes Alanis Borrego y Clara Laurito


Portal a la libertad:

Tras una larga caminata para despejar mi cabeza de los nervios que sentía, en un día de primavera, percibí una figura que se formaba a lo lejos. Era Hakahama. Me dijo que tenía algo para mí: un fruto que acabaría con todos mis problemas. Acepté sin pensarlo. Al tercer mordisco, percibí que algo faltaba en mi interior. Sentí mi alma dejando mi cuerpo poco a poco y la vi a ella sonriéndome junto a mis hijos que jugaban en una Ítaca colorida, bajo el cielo plenamente azul y el sol radiante. Nunca dejé de sentir el cansancio de un arduo día de trabajo en la herrería. Me acerqué lentamente hacia ellos para abrazarlos, como lo hacía todos los días al regresar a mi hogar, pero al tocarlos desaparecieron al igual que todo. Volví a morder el fruto pero ellos ya no aparecían, simplemente todo seguía igual. Me di vuelta para preguntarle al hechicero qué es lo que había pasado, pero ya no estaba. En su lugar, había un manuscrito que decía que ese fruto me ayudaría a tener valor para pelear contra el mal y así ayudar y proteger a los dioses. Pero ¿quién me aseguraba que los dioses me protegerían a mí? ¿Quién me aseguraba que esos dioses existían? ¿Estaba dispuesto a arriesgar mi vida por algo o alguien que no estaba seguro de que fuera real? A la mañana siguiente, luego de afilar mi espada, me marché sin despedirme de mi familia hacia el lugar de reclutamiento. Una semana después me vi literalmente entre la espada y la pared y me pareció el momento justo para terminar el fruto y ver por última vez a mi amada familia. Allí estaban de nuevo: los veo desde la ventana de mi habitación disfrutando de una mañana de sol. Bajo por las escaleras y salgo al jardín con árboles en los que mis hijos, con algo de temo, trepan. Me uno al juego y siento que tengo una eternidad por delante que voy a dedicar exclusivamente a mi familia y mi trabajo. Una gran satisfacción invade mi cuerpo y sé que quiero quedarme en este hermoso instante para siempre

Cuento con imágenes. Mara Tolosa, Valentina Antuñano, Francisco Gordoy Emilia Saidón.



                                                                    Semillas 

Pensativo, Heros, se encuentra en las afueras de Arabis. Ciudad mágica, perdida en el desierto. Está exiliado, prófugo de sus propios súbditos. Con tan solo sus ropajes y su espada, saborea un fruto del desierto. Ahora, solo camina, sin destino alguno, alejándose de la ciudad, su ciudad, la que en algún momento fue suya.
 Llegada la noche, tratando de racionar los frutos lo más posible, encuentra un oasis. Carga agua y deja caer las semillas de lo que fue su cena. Sigue su camino. Era largo y no dejaba distinguir Norte y Sur. Sus pasos tomaban un rumbo indefinido. 
 El cansancio se apoderó de él y su imaginación comenzó a volar. Arabis apareció en sus sueños. Los olores eran casi reales, las cúpulas brillaban con la luz del mediodía. Pensando en este sol, su cuerpo comenzó a sentir una sensación de ardor, y el matutino febo, lo despertó. Continuo camino, con la esperanza de encontrar algo. Sus deseos fueron cumplidos. Un hombre apareció en el horizonte. Se encontraba sentado bajo los rayos del sol. Su aspecto era de un anciano pero su estatura no llegaba a la de un niño. A pesar de su miedo, se acercó y saludó al extraño. Su primer gesto fue apubullado de preguntas, a las que Heros contestó tímidamente. Cuando la conversación empezó a fluir, le contó acerca de su ciudad y su fruto característico. Aparecieron recuerdos, nostalgia.
 La luna llena se reflejaba en los ojos del visitante, el que le ofrece una fruta. Extrañado de su aspecto, desconfió del hombre. El color rojo que la caracterizaba hizo asociarla con el veneno. Aún así temió no aceptarla. Cuando le iba a agradecer, levantó la vista y el personaje ya no estaba.  En su lugar, un árbol pelado.

El viajero audaz.

El viajero audaz

Sentado en el patio de mi casa recuerdo que hace diez años atrás un día de mucho sol y calor como el de hoy, decidí abandonar mi ciudad para conocer nuevos lugares.
Partí camino al desierto sabiendo que al atravesarlo me encontraría con otra ciudad importante, que muchos caminantes me habían hablado de ella. Con la idea de explorar nuevos rumbos me encontré que el desierto abarcaba varios kilómetros y no tenía mucha experiencia caminando largas distancias. Decidí atravesar el páramo pero mi error fue no llevar ningún tipo de provisiones, solo un palo para ayudarme a caminar.
El perro se acercó a mi piernas y me dio un lenguetazo en la cara, tenia un olor inmundo, recordé que tenia que bañarlo. Lo aparté de mi lado y lo obligue a sentarse con una rígida señal de mi mano.
Estando a mitad del trayecto, bajo un sol abrazador que hacía que la arena quemara, mis fuerzas se fueron rápidamente, necesitaba tomar agua, ya no sabía que hacer, estaba lejos para regresar y me faltaba mucho para llegar a destino. Sin agua, sin comida, sin nadie a quién pedir ayuda, mi esperanza desaparecía, estaba confundido por lo difícil del camino y el exceso de calor.
Decidí descansar, en eso mis ojos vieron a una persona que al acercarse le pedí que me ayudara. Era un viejo que tenía un fruto en la mano, este me lo ofreció al ver que no llevaba nada para hidratarme y me dijo que iba a ser mi salvación, lo tomé de inmediato y lo comí , las semillas caían sobre la arena, le agradecí y continué con el viaje. De pronto comencé a sentirme mal, sentía que mi corazón latía rápido, la vista se me nublaba, estaba muy transpirado y a los pocos segundos me desmayé.
Tocaron el timbre, seguramente era mi suegra como todos los malditos domingos del año. Le grité a Rosa que fuera a abrirle pero nadie contestó. Me levante pesadamente con cara de pocos amigos en mi rostro, empapado en sudor y fui a su encuentro.
Gracias al cielo no era mi suegra, sino el canillita que tiró el diario y se fue. Me recosté en el sillón del salón pasando mi brazo por encima de los ojos.
Cuando desperté no podía creer lo que estaba viendo, muchos árboles frutales habían crecido por aquellas semillas que habían caído al piso y eso fue mi ayuda para continuar el camino. Traté de buscar al anciano para agradecerle lo que había hecho por mí, pero no lo encontré.
Logré llegar hasta la otra ciudad, a pesar de los problemas que había tenido.

Me levanté algo confundido pero con una sonrisa en mi rostro al recordar aquel viaje de rebeldía y reflexioné que me había servido de experiencia, que volvería a realizarlo pero en compañía y con todo lo necesario que requiere semejante travesía.

         
Integrantes: Germán Lecherbauer, Ivan Valerga, Tomas Moreira y Camila Robles.